Tu despedida encubierta

data de hace dos años. Mas de diez líneas, en que por primera y última vez me

contabas algo más allá de la nada que después he ido viviendo. Supongo que me

alegraría leerlo, aunque no es bonito. Simplemente es algo más. Un golpe menos

duro de los que acostumbro a recibir de tus manos.

Tu despedida lo es porque

a partir de ahí no has vuelto la cara. Aunque hayas hablado de espaldas, aunque

nunca dejara de verte en lo lejos.

Dos palabras inician

calurosas un tibio e-mail, me cuentas cómo estás y qué sientes, y luego vuelves

a acariciarme el alma diciendo que tienes ganas de verme… Caricias de mentira,

caricias en que la amabilidad recubre el adiós, caricias de despedida

acompañadas con un “hola”.

Tu despedida encubierta

debería haberse ido para siempre. Pero una vez más se escondió entre el

tumulto, para aparecer hoy que ya no me duele decirlo, que te has ido para

siempre, que se me cayó la arena entre los dedos, que ya no vas a volver a

decirme “Hola, preciosa mía”. Que ya no soy nadie a pesar de que lo sigas

siendo casi todo…