Cansado de agacharse, levantarse, ir de un lado para otro y de acarrear peso; aquel labriego decidió que ya era hora de tomarse el respiro de mediodía para reponer fuerzas.
Para ello, eligió la prometedora sombra de aquel manzano.
Terminada su comida y puesto que el sol se hallaba en su momento más castigador, optó por rendirle breve culto al dios Morfeo hasta que el astro rey se mostrara algo más benévolo.
Apoyó la espalda contra el árbol y mientras esperaba la llegada del sueño se quedó mirando los campos que se extendían frente a él.
Eran unas tierras de secano donde sandias, melones y calabazas reposaban en todo su esplendor.
Como ya sabemos, en momentos como este, el pensamiento vuela libre de una cosa a otra, como una abeja vuela de flor en flor.
Por ello nuestro campesino tuvo la ocurrencia de que, con lo lista que era la madre naturaleza, le podía haber echado una mano a todos los hombres que, como él, se dedicaban a cuidar la tierra:
-Si hubieras puesto las calabazas, los melones y las sandias en un árbol como hiciste con estas manzanas, no tendríamos que andar todo el día agachándonos y levantándonos para recogerlas... ¡Que acabamos rendidos!...
Sus ojos empezaban a cerrarse, vencidos por el sopor, cuando de pronto una manzana hizo blanco en medio de su frente...
El hombre abrió un ojo, miro al árbol y luego al sembrado murmurando:
-¡¿Qué me ha hecho creer a mí que soy más listo que tu?!...
Con una sonrisa de alivio, dejó tranquilamente que la siesta le envolviera durante un buen rato...





(Gracias, Lidia)
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