Que su sufrimiento acabó definitiva y abruptamente; eso le queda como único consuelo, triste consuelo. Según le están contando, ocurrió mientras yacía en la cama del hospital –tras permanecer ingresado veinte días-, en el cénit de su proceso patológico. Tras el calvario que precedió a éste, de temblores continuos aunque todavía suaves, el cuerpo del chico se convulsionó de tal modo que llegó un momento, el liberador, en que los ojos se tornaron blancura surcada de hinchadas venas y de su boca salieron espumarajos, como si un siniestro éxtasis le embargara; su cuello quiso entonces rendirse ante tamaña violencia, quebrándose irremisiblemente -un penetrante dolor le recorrería la anatomía entera, imagina conforme le narran el suceso, mas quiere pensar que su duración no excedería de milésimas de segundo-.
Pero aquel consuelo no bastará para impedir la depresión que se cierne sobre él y que le acompañará de por vida, pues se autoengañaría si, terco de nuevo, negase el hecho de que no es más que su contumacia la que ha ocasionado la muerte de una persona, mero final, no obstante, de una agonía horrenda, quizá la peor que alguien pueda sufrir: cree admisible compararla con la que puede experimentar alguien que fuera sumergido en agua helada repetidas veces, separadas éstas sólo por escasos minutos. De ahí el tiriteo constante e insufrible, el producido por una hipotermia semejante, de la cual, dado su avance, nunca un organismo humano podría haberse repuesto.
El chico ya se lo había repetido unas cuantas veces, y más habrían sido si su carácter tímido se lo hubiese permitido. Recuerda sus últimos días, con la chaqueta puesta en pleno agosto, sin quejarse ya, y cómo él mismo se despreocupaba puesto que le parecía que el muchacho se encontraba cómodo con esa prenda. Esto es, creyó justo entonces lo que ahora sabe que era un trato leonino, cerrado de forma presunta y unilateral: su compañero de trabajo accedía con su silencio (por timidez y hastío) a que el gélido chorro de aire le golpease directamente, sólo para que él no tuviera que aguantar el calor –tan irritante-, los goterones de sudor –tan desagradables- resbalando por su cara, acumulándose en sus axilas y originando manchas –tan feas- en la camisa. Todos contentos.
No le cabe duda: durante cada verano del resto de su vida -si antes no se suicida-, soportará estoico el calor, el sudor y las manchas; y un intenso escalofrío le recorrerá con sólo sentir una leve ráfaga de aire frío, recordatorio de lo que nunca más tratará siquiera de imaginar: poner el aire acondicionado a 17 grados de temperatura.

(Gracias, Benito)
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